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Juegos de playa
Author: 
Anonymous
Infidelidad cornudos
05-Feb-2019
801
Juegos de playa
Esos chicos se habían olvidado las cartas, pero ellos y yo sabíamos que había otros juegos que se podrían disfrutar en un buen día de playa.
Era ya la hora de dar de comer a la niña. Estaba esperando a mi marido en una cala perdida ya que él había ido a hacer

gestiones administrativas por una multa que nos habían puesto el día anterior.

Así que allí estaba yo, en bikini, con un cuco a mi lado bajo la sombrilla donde mi pequeña hija de 4 meses se acababa de

despertar para que le diera el pecho. Procedí a quitarme la parte de arriba del bikini y coger a la niña y llevarla a mi teta

derecha. Yo, mientras, miraba el mar.

Cuando iba a cambiarla de pecho para que siguiera comiendo, era muy tragona, llegaron a la cala cuatro jóvenes con el

equipo completo de playa: camiseta, bañadores bermudas y toalla. Debían ser amigos, pero parecían hermanos porque

todos igual iguales. Como estaba centrada cambiando a la niña de posición para que se enganchara en la teta izquierda

no me di cuenta que esos jóvenes me estaban mirando y vieron completamente mis tetas que de por sí no eran pequeñas

y ahora, con la lactancia, eran aún más grandes. Hice que estaba mirando al mar, pero, mientras mi bebé chupaba, les

vigilaba como se quitaban las camisetas y ponían sus cosas en la arena (y ellos me miraban a mí, o a mi cuerpo, todo hay

que decirlo) y miraba al camino a la cala esperando que llegase mi marido.

Cuando la niña terminó de comer, la coloqué en el cuco y la infeliz se quedó dormida inmediatamente. Entonces, me

percaté que la sombra que nos cubría había crecido pero no era la sombrilla, eran los cuatro chicos que se habían

acercado a pedirme algo. Yo reaccionando rápido busqué la parte de arriba de mi bikini sin encontrarla hasta que uno de

esos chicos, el más alto, me la plantó delante de la cara. Intenté cogerla y él la apartó arrojándolo a continuación hacia el

lugar donde estaban sus cosas.


— Creo que esa parte del bañador no la necesitas. Estás muy bien en topless.

— Puede ser — repliqué a su chulería—. Pero soy una mujer casada y además tengo una niña de pocos meses con lo que deberíais iros a seducir a chicas de vuestra edad. ¿O debería decir “intentar” seducir?

El chico se echó a reír para demostrarme que no le había herido en el orgullo ya que tenía algo en mente y no quería

perder ese objetivo por un insulto bastante tonto.

— Verás, es que tenemos un problema. Éste —dijo señalando a otro chico que miraba embelesado mis desnudos pechos

—, se ha olvidado las cartas y en esta pequeña cala no hay mucho más que hacer. Además — dijo sonriendo de forma

sardónica —, tenemos hambre y también al mismo bobo se le ha olvidado traer comida.

Cuando acabó ese elaborado discurso, fui yo la que me puse a reír. Menudos payasos.

— ¿Y eso que tiene que ver conmigo? Yo no tengo comida. Volved al pueblo si no podéis esperar para volver con vuestras

mamás a que os alimenten. Yo no voy a cuidar de unos cretinos imberbes cuando tengo a mi hija.

Ni por esas se sintieron molestos, y aún menos me dejaron en paz. Es más, el más alto sonrió como si él me hubiera

pedido que dijera esas palabras.

— ¿Qué no tienes comida? ¿No has dado de comer a tu hija hace un momento?

Y entonces, viendo su juego, sonreí para mis adentros. Sería la última vez aquella mañana. Les repliqué como se

desprecia a los ignorantes

— Ya veo por donde vas… pero como he dado de comer a mi pequeña, ya no tengo más leche, así que os rogaría que os

marcharais y me dejaseis tomar el sol tranquilamente.

— Ya henos pensado en eso — dijeron alegremente al unísono.

Y tras bajarse a la vez las bermudas, el más alto continuó hablando.

— Por eso tú vas a almorzar primero ¿Qué te parecen estos biberones?

Yo apenas escuché esa grosería ya que estaba impresionada con el tamaño de sus aparatos. Mi marido tenía un pene un

poco más grande que la media que yo había visto y éstos eran como el doble de la de mi marido.

Estaba tan anonadada que ni siquiera me percaté que uno de ellos había cogido mi mano y la llevaba a su pene y yo,

maquinalmente, se la empezaba a masturbar de forma suave.

— ¡Más rápido, coño, que no tenemos todo el día!

Empecé a mover la mano más rápidamente y eso animó a los otros a cogerme la mano libre y a acercarme sus penes a mi

boca. Y, así, de pronto, la devota esposa y madre se convirtió en una cala abandonada en una depravada mientras

chupaba y acariciaba a un ritmo infernal cuatro magníficas pollas y notaba como me calentaba al ritmo de mi lengua y mis

manos a la vez que oía sus palabras que me ponían más a cien que mis gestos.

— ¡Joder! Como la chupa.

— Ya os he dicho al verla que ésta nos iba a hacer ver el cielo.

— Si la chupa bien, las manos las maneja mejor que un tahúr.

Y, como si fueran hermanos, los cuatro gemían a coro como si estuvieran locos y yo noté que mi coño estaba

completamente empapado y ni siquiera me habían tocado.

En un momento dado, los cuatro liberaron sus penes de mi boca y mis manos y se empezaron a masturbar a sí mismos

mirando hacia abajo donde yo estaba de rodillas en éxtasis pidiéndoles que se corrieran.

— ¡Vamos! ¡Daros prisa que tengo hambre!

Y eso hizo que los cuatro, y estaba tan excitada que no sé si a la vez o a diferentes tiempos, empezaron a correrse sobre

mi cara. Cuando terminaron, noté que tenía toda la cara embadurnada de semen y yo, en mi calentura, sacaba la lengua

para tragar lo que más pudiera de ese espeso líquido, algo que, a mi marido, no le había dejado nunca hacer. Le había

mamado la polla, pero cuando iba a correrse, parábamos para que me la metiera.

Yo amaba a mi marido, pero en ese momento pensé que no era un buen amante. Al rato no es que lo pensara, es que lo

sabía.

Porque, cuando la cosa se enfrió un poco, y me di cuenta que había sido una locura el chupar las pollas de esos cuatro

chicos, aunque fueran las pollas más grandes que había visto en mi vida sexual.

Pero tampoco pude madurar mi locura un poco más porque en ese momento los cuatro, viendo como había reaccionado

ante sus aparatos y ante, lo que ningún juez consideraría sexo no consentido, se habían envalentonado y se habían

sentado en la arena para chuparme las tetas y toquetear todo mi cuerpo. Todos menos el chulito alto que se quedó

mirando la escena.

Cuando, a pesar del placer que me proporcionaban las tres bocas y las seis manos a lo largo y ancho de mi cuerpo,

intenté incorporarme, me habían tumbado, y decirles que me dejaran en paz. Entonces fue cuando descubrí un placer

nuevo. El chulito alto se agachó y me arranco la parte de abajo del bikini y empezó a acariciarme el clitoris como un loco.

Me puse a gemir de forma escandalosa.

Viendo mi reacción, se animó a acercar su boca, y sobre todo, su lengua a mi raja. Mi marido y otros novios anteriores me

habían comido el coño pero no como aquel muchacho. De la manera que lo hacía no me lo había hecho nadie. Yo empecé

a moverme de forma tan brusca que los otros chicos se apartaron asustados y en ese momento me corrí. El chulito se

detuvo.

— Más, necesito más — le pedí totalmente desquiciada.

— Tranquila, tendrás más.

Y le dijo al tonto del grupo que me la metiera. Yo como ya no regía del placer que estaba sintiendo ni siquiera me di cuenta

porque, siendo como parecía el jefe, no quisiera estrenar mi coñito (porque sería un estreno ya que, aunque había tenido

una hija, mi coño seguía estrecho para unos pollones como áquellos. Ya que mi marido, con su mierda de pene, me seguía

dando un placer que ahora me hacía reír).

El chico ese, además de dejarse las cosas en casa, también se olvidaba de como se follaba a una mujer de bandera como

los otros no paraban de decirle. Yo, con la excitación y esa gran polla en mi coño, no me daba cuenta que, en realidad, el

chico era un mal follador. Pero mi cuerpo sí se daba cuenta.

— Mis tetas, chupadme mis tetas.

Y los dos chavales que estaban insultando al tonto se lanzaron como locos a chupar de nuevo mis tetas, pero cuando

apenas habían empezado a añadir el placer que me llevaría irremediablemente al orgasmo, el tonto se corrió y los chicos

dejaron mis pechos para reírse de él. Yo me había quedado a medias.

Cuando uno de los otros se intentaba poner en posición de insertarme su polla, el chulito le apartó y me levantó.

— ¿Qué haces? ¿Ahora te pones caballeroso?

— Eso de “caballeroso” me ha dolido más que todo lo que nos has dicho antes. Acabarás agradeciendo lo que vamos a hacerte ahora.

Y me puso encima y boca abajo en una roca cercana diciéndole a uno de los otros chicos que me follara despacio.

Él lo hizo pero no era lo que yo necesitaba.

— Más deprisa, más deprisa. Eso es lo que necesito.

— Nosotros sabemos que es lo que necesitas — oí decir al chulito mientras me metía su polla en mi culo.

Yo, aunque no era virgen analmente, no había tenido nada en ese agujero de semejante tamaño. A pesar de todo, gemí de

placer y tuve el mejor orgasmo de mi vida.

Bueno, mis mejores orgasmos de mi vida, porque tuve varios con ambos chicos en mis dos agujeros. En uno de esos

magníficos orgasmos levanté la cabeza y vi al chico que no había tenido la ocasión de introducirme su pene en mi cuerpo

mirar el reloj con preocupación. Me moví como pude con la intención de sacar la polla del otro chico de mi coño y

llevármela a la boca. El tercer chico entendió la jugada y me la clavó mientras el chulito me perforaba el culo de manera

magistral.

— Seguid, seguid así, quiero un orgasmo más —les apremié entre chupada y chupada a la polla del chico.

Los dos que me estaban horadando aceleraron el ritmo y el de mi boca me sujetó la cabeza y empezó a introducir su pene

a una gran velocidad hasta que notando la llegada de su orgasmo la sacó y los cuatro, a la vez, exhalamos un grito gutural

que debió oírse en kilometros a la redonda y no porque estuviéramos en una cala aislada.

Por supuesto, mi niña se despertó y los chicos me ayudaron a dormirla (no sin seguirme tocando todo el cuerpo).

Al rato se fueron a su sitio y cinco minutos después apareció mi marido.

— Esos chicos te miran de una manera que no sé si decirles algo.

— Déjalo, ayúdame a recoger que ya es muy tarde.

Y al marcharnos, me volví y les guiñé un ojo.
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